Son las cuatro de la madrugada y sigo comiendo un kilo de helado que sobró del martes pasado. De repente, y como bala perdida en Navidad, penetró en mis sesos la necesidad por escribir mis días. O semanas, o meses. Los que me conocen bien saben que si de algo carezco es de constancia. Por ejemplo, jamás pude mantener un querido diario (afortunadamente twitter apareció en mi vida para suplir esa carencia de la niñez) ni terminar las clases de guitarra; tampoco leer de principio a fin un libro sin antes comenzar otro. Francés, fotografía, ballet (whathefuck?). La lista es eterna.
Pero la gente crece, el amor se escapa, y mi paciencia se agota. Cumplir veinte años y sentir que la vida se te pasó tan rápido como un orgasmo es una advertencia la cual no podés pasar por alto. Es hora de un cambio.
En año nuevo o en los cumpleaños, uno se cree que con decirlo, desearlo, pensarlo alcanza, pero la felicidad no cae del cielo (como la innecesaria analogía de hace diez renglones acerca de balas perdidas). Sin embargo, año tras año, tengo la fantasía que así será, que mágicamente a la hora cero del día uno el pasado queda atrás y el dolor se despide con una sonrisa, como el año que se acaba de ir. Pero pasan los días y todo empeora. Llego a la banal conclusión de que todo lo anterior fue mejor: mi pelo, mi ex novio, los amigos de fin de semana. Lo peor de todo es la irremediable angustia existencial que se apodera de aquella ingenua esperanza por una vida felíz. Pero felíz con todas las letras.
Pasan los meses y las cosas mejoran. Te das cuenta que tu pelo estaba quemado, que tu ex era un drogodependiente con olor a pata, que tus "amigos" eran eso: de fin de semana, superficialidad absoluta. No todo era tan perfecto como a la distancia se ve.
Exhalar. Alivio. Ese alivio que genera el darte cuenta de que el reloj despertador estaba adelantado dos horas y no vas a llegar tarde a la facultad.
Ahora, pasan las sesiones de terapia, las estaciones del año y..¡voilà!. Todo parece empeorar. Mejorar, empeorar. Conclusión válida: la vida es un electrocardiograma y la felicidad es efímera. Corta. Cortísima.
Hace dos meses y un día, para ser exactos, cumplí veinte años y comprendiendo esto, las cosas duelen menos. Al fin y al cabo, siempre hay un cielo rosado, un disco de The Smiths y un paquete enorme de chizitos, esperándonos, allá afuera.
Inscription à :
Publier les commentaires (Atom)
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire